Víctor Leblow, un analista de ventas en la reconstrucción de la postguerra, escribía “Necesitamos que se consuman cosas, que se quemen, se desgasten, se sustituyan y se tiren a la basura a un ritmo cada vez más rápido”, acuñando sin saberlo el alma del esplendor del Antropoceno: la obsolescencia. Sin embargo, el concepto de obsolescencia no debe llevarnos a significado tecnológico ni malvadamente prediseñado por las magníficas industrias que consumen nuestros salarios. La obsolescencia es inherente (y necesaria) para los ritmos y modos de consumo actual. Del mismo modo que no concebimos que no salgan nuevos modelos de iPhone, nuevas actualizaciones para nuestras “apps” o al menos cinco tipos de leche en el supermercado para ejercer nuestro derecho de libremente no escoger ninguna. […] A ambos extremos de la jerarquía (y también en la sección central de la pirámide, atrapadas en un dilema entre los unos y los otros), las personas se ven acuciadas por el problema de la identida...
La halita, roca formada por la cristalización de la sal, es un evento geológico en sí mismo, un fotograma del tiempo reflejado en el espacio, porque cristalizar es velocidad, es flujo...transición de estados de la materia. Y en verdad el espacio son secuencias, y nuestras percepciones fotos de su esencia. Concurrimos a distintas velocidades porque recurrimos a distintos actos, el espacio no se adapta sino que recoge lo que somos cuando lo usamos, lo paseamos, lo traspasamos, recorremos, vagamos y vagabundeamos. Un potenciador de deambulación, como los denomina Francesco Careri en "Walkscapes", un generador de estar, un soporte de creencias, un motor de vivencias. La sal es por tanto un fluido sólido, una maqueta geológica de la arquitectura que representa las velocidades que condicionan el espacio. Un efecto Venturi que se modifica con la aceleración, dando lugar a espacios radicalmente diferentes a los que darían un proceso largo y pausado, casi sin necesidad...
¿Qué ocurre al otro lado de un muro? Los muros declaran voluntades y justifican intenciones. Son muros los edificios, pero también las presas y ríos. Sin embargo, el auténtico elemento divisorio son los idearios, que no los ideales, quienes mueven la vida de todo humano. Las agrupaciones se fundamentan en la distinción del resto de seres, además de la conjunción de unos pocos, y forman barreras continuamente frente a quienes no caben en esta unión. Estas cotas que marcamos cada día no son en absoluto sistemas violentos en su mayoría. Fijamos límites y segmentamos cuanto podemos para generar formaciones digeribles. Sería absurdo tratar de evaluar el impacto de cada decisión y por ello existe el instinto, un atajo a la lógica que carga con el peligro de nuestros miedos y deseos irracionales, quienes en última instancia y a falta de la razón, edifican los muros. No debemos por tanto juzgar las barreras que periódicamente nuestra sociedad levanta en diversos ámbitos co...
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