Juego de transparencias

Cada día tenemos un tema de actualidad con pinta de nuevo pero, como nuestra historia misma, más bien recurrente y viejo. No nos gusta aprender, dice un tal PISA. Y es que hoy es Facebook con inminencias anunciadas pero, sin atreverme a hacer vaticinios, mañana la ocurrencia contará otra historia de la que ya habremos hablado.

Facebook, Google, Apple...se han convertido en dueños de nuestra vida, y no por los datos que tengan de nosotros y que nos conozcan más que nosotros mismos, sino por la dependencia con la que nos hemos rendido ante ellos y sin los cuales, hoy, podríamos poco más que sobrevivir.

Como decía, esto, que siempre es nuevo y más bien viejo, "viejoven" en adelante, me recuerda a un artículo que leí  de Luis Fernández Galiano, nada menos que en 2013, sobre los límites de la intimidad que peleamos por salvaguardar en ciertos aspectos, y las cesiones incondicionales que no dudamos en regalar por otra parte. O más reciente, "la casa sin intimidad hacia la que caminamos" de Santiago de Molina, sobre vidrios y "cookies".

No son sólo las redes sociales, no es la informática. Sólo en los últimos días hemos podido ver como el periodismo nos informaba sobre las vidas personales de cargos públicos, pintadas en casas de jueces o polémicas votaciones. El derecho de información, tal como se utiliza hoy ésta como moneda de cambio, es un privilegio que probablemente evolucione hacia unos ámbitos que no nos emocionen.

La sociedad conectada, participativa y plural hacia la que las nuevas generaciones empujamos el mundo quizás esté fuera del marco actual.

Puede que después de todo, el mundo líquido en el que nos movemos, requiera un continente sólido.

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